miércoles, 7 de marzo de 2012

CRÍTICA sobre un libro


Pocas novelas se vuelven clásicas. Y las que lo logran tienen, por lo general, un argumento más o menos complejo, más o menos original. “El amante de Lady Chatterley” tiene uno muy simple, sin embargo, luego de más de 80 años de su edición original (1928), aún se sigue usando como libro de texto en las grandes universidades debido a la temática, que no es erótica a pesar de su título.

El autor, David H. Lawrence, logra meterse en la cabeza de los personajes de forma tal que cada uno represente un arquetipo de la época, con su forma de vida típica y su pensamiento que responde a la forma de ser de cada esfera social:

-Sir Clifford: El noble que se cree realmente su papel de amo feudal, mirando desde la altura al resto de la gente, con toda la soberbia y la impunidad que le dan su título y… su silla de ruedas.

-Lady Chatterley o Constance, o Connie: Representa a la liberación femenina, a la libertad sexual de las mujeres. Soporta un hombre al que desprecia hasta que decide jugarse y pagar el precio de su libertad y de su amor.

-El guardabosques: Detesta a la nobleza, pero es quien le da trabajo y debe obedecer. Pero en el fondo se rebela. Es el hombre humilde, honrado y enamorado. Sabe qué mundo lo rodea, pero se siente incapaz de luchar contra él.

-El resto de los personajes: la servidumbre, el ama de llaves, la enfermera, las familias, los amigos y los nobles son descriptos por el autor, no físicamente, sino desde sus pensamientos y sus actitudes, tomando en cuenta la época y la forma de pensar. Algunos de estos personajes son importantes en determinadas partes de la historia, otros solo sirven para sostener esta novela que fue prohibida durante más de 30 años en Estados Unidos y en Inglaterra, no por sus escenas de sexo, sino por el fiel reflejo de una sociedad, de sus pensamientos y de su forma de vida.

Otro logro destacable del autor, son las descripciones. Cuando describe un paisaje no lo hace por el paisaje en sí, sino que deja fluir los sentimientos del personaje dentro de ese paisaje. Para describir cómo se siente la protagonista en el hogar, recurre a describir el pueblo de mineros haciendo sentir la pesadez del aire, el gris de la atmósfera, la monotonía, el aburrimiento y el ahogo, de forma tal que hasta el lector quiera huir de ese lugar.

La narración es maravillosa, presentada en tercera persona donde el narrador tiene un poco de Dios: es omnipresente y omnisapiente con respecto a los personajes, logrando que el lector odie a unos, ame a otros y trate de meterse más aún en la cabeza de algunos para saber cómo reaccionarán ante esta o aquella situación.

Esta novela está escrita en un tono lento, pero no resulta pesada porque el autor maneja a los personajes, hombres y mujeres, metiéndose en su cabeza como si fuera parte de ambos géneros. En cierto modo, tal vez esta novela haya sido un poco la autobiografía del autor, nacido en un pueblo minero, hijo de un minero y madre burguesa venida a menos; se exilió voluntariamente sus últimos 18 años de vida tras fugarse con Frieda, la esposa de su tutor de alemán.

Creo que es una de las novelas que mejor representa una época del siglo XX; está muy bien narrada, reflejando una sociedad a la que no le gustó verse en el espejo de sus personajes y por eso la censuró. No por “obscena”, ni por ser “ofensiva al público”, ni por “vulgar”,  sino porque no se podía permitir ni admitir que hubiera tanta liberación sexual, ni que el autor planteara la importancia de la sexualidad para sentirse mejor con uno mismo, ni que una mujer descubriera que debía y podía, sentir y pensar a la vez…

La novela también plantea algo impensable en la década de 1920: la infidelidad femenina. Tanto Connie, la protagonista, como su amante Mellors, vienen de dos matrimonios con deficiencias sexuales. Connie está casada con un inválido que ni siquiera es capaz de tomarle la mano para no complicarse, a pesar de que ella lo cuida y ayuda en forma física e intelectual. Soporta con supuesta indiferencia y en silencio a sus amigos misóginos tratando de adaptarse a la realidad que –supuestamente- le tocó vivir. Hasta que su mente y su cuerpo le pasan factura por la falta de sexo. Mellors viene del abandono de su esposa, que lo dejó por otro, y viene huyendo de una sociedad que ya no soporta. Por eso decide “esconderse” en los bosques y convertirse en un asalariado.

Las escenas de sexo me parecieron sutiles, pero más sutil aún es el erotismo que envuelven ciertas circunstancias. Me gusta el manejo por parte del autor de hacerle comprender al lector las necesidades sexuales de los personajes principales, y de alguno secundario. Porque hasta Clifford necesita sentir las manos de su enfermera cuando lo masajea, y la astucia de ella para que cree ver una forma de manejarlo, sin darse cuenta que él la mantiene a su lado porque le sirve, porque le paga por lo que hace y eso significa que no le debe nada; además le da la oportunidad de sentirse superior a alguien, ya que su esposa, que desde el punto de vista social es su igual, se considera muy inferior.

La protagonista de esta novela se parece a Madame Bovary, o a Ana Karenina, porque las tres reclaman su derecho a la felicidad, sin importar cómo o quien. Pero la sociedad las juzga porque una mujer se debe a su marido, a su casa y a sus hijos. Connie no sólo busca sexo con el guardabosques, sino que también hay sentimientos y emociones, quizás por eso termina con un final abierto y yo, lectora, tengo la sensación de que vivirán juntos y críaran juntos al niño que esperan…


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